Return to site

Un método racional para la elección de la actividad profesional

José Manuel Macarro

Doctor en Derecho Tributario Europeo por la Universidad de Bolonia.

Profesor de Derecho Tributario en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.

Premio Nacional Fin de Carrera 2011 en la Licenciatura de Administración y Dirección de Empresas.

"Divide cada una de las dificultades que examines en tantas partes como fuera posible y como requiriese su mejor solución"
Séneca
El proceso racional de elección de una carrera profesional jurídica: un discurso del método

Todo estudiante que finaliza con éxito sus estudios en Derecho se encuentra ante un amplio abanico de posibilidades que pueden abrumarle en su toma de decisiones. Para un joven que hace menos de cinco años que acabó sus estudios es un reto apasionante intentar ayudar a explicar las motivaciones y el proceso racional que me llevó a decantar mi elección por la carrera universitaria. Es perfectamente plausible que un estudiante en Derecho o de alguna doble carrera, como es mi caso, no tenga una única vocación o pasión, sino que por el contrario tenga un conjunto de materias por las que haya sentido predilección a lo largo de sus años de estudio. Junto con este grupo de ramas del derecho u otras ciencias, se nos plantea también la variedad de profesiones a las que nos podemos dedicar en cada una. No todas las actividades profesionales casan para cada materia y viceversa. Por ello es necesario tratar la cuestión como un proceso racional en el que hemos de incluir la mayor cantidad posible de variables que hayan de tener influencia en nuestra decisión.

La primera acción a tener en cuenta en este proceso es hacer un análisis de nuestras debilidades y fortalezas como estudiante y como futuro trabajador. La sinceridad con nosotros mismos es clave en este estadio inicial, pues determinar cuáles son nuestras aptitudes y nuestras habilidades, y proyectar la carrera profesional en función de estas, puede ser crucial para un futuro éxito posterior. Del mismo modo, empecinarse en una actividad en la que nuestras carencias queden al descubierto es una elección arriesgada. Difícilmente una persona que no le gusta hablar en público podrá elegir la carrera universitaria o el ejercicio de la abogacía en sala, o alguien que carezca de paciencia y constancia diaria podrá soportar los años de encierro durante la preparación de unas oposiciones. El mejor modo de hacer este análisis es tener en cuenta las pruebas en que hemos destacado durante nuestra carrera, observar nuestra dinámica de estudio y trabajo diarios y comprobar en qué pruebas o retos requeríamos un menor esfuerzo por el hecho de explotar nuestras aptitudes más valiosas. Es muy distinta la preparación y las habilidades que se manifiestan en un examen teórico, en uno práctico, en un trabajo intelectual o en la elaboración de casos o simulaciones que respondan a situaciones jurídicas reales. El primer paso, por tanto, es analizar nuestras potencialidades en función de la observación de nuestro desempeño académico teniendo en cuenta las capacidades que se requieren para cada prueba.

Una vez hecha esta reflexión personal, el segundo paso es hacer una distinción de las materias jurídicas en las que tengamos interés y habilidad. Este punto intermedio debe partir de la reflexión anterior sobre nuestras virtudes en las diferentes materias trabajadas a lo largo de la carrera. Son muy diversas las aptitudes requeridas para las distintas ramas jurídicas así como los itinerarios a seguir en función de la elección de la rama o bloque jurídico (Derecho público o privado). La utilidad de esta disquisición es poder determinar las distintas salidas profesionales que existen en las diversas ramas jurídicas y la manera de desarrollarlas, que pueden ser bien distintas. Por ello, debemos entender esta etapa como instrumental, más como medio de excluir aquellas ramas del Derecho que no son acordes con nuestras capacidades o con nuestros intereses que para concretar estrictamente cuál es la que debe marcar nuestra decisión final, ya que aún resta por hacer el último razonamiento del proceso.

Una vez que seamos conscientes de nuestras capacidades y debilidades, así como del conjunto de materias jurídicas más acordes con estas y con nuestros intereses, debemos combinar nuestras ideas ya desarrolladas con las posibles vocaciones profesionales que tengamos. Una vocación no es forzosamente conocer el trabajo al que nos queremos dedicar, sino un anhelo del tipo de vida que queremos desarrollar. Aunque la coyuntura del mercado laboral pueda limitar o restringir nuestra capacidad para optar y alejarnos de dicho proyecto vital, es básico tener claros los retos y alicientes que queremos que nos proporcione nuestra decisión profesional. Hemos de enfocar esta tercera etapa de nuestro proceso racional como si de un análisis de coste-beneficio se tratase.

Por un lado, hay que diferenciar entre aquellas vocaciones que satisfacen nuestra demanda de objetivos inmediatos y aquellos realizables a más largo plazo. Aunque siempre sea posible una reconversión profesional, el cambiante mundo del derecho requiere mucho esfuerzo para poder mantener al día los conocimientos necesarios para ejercer cada una de las actividades que de él derivan. Por ello resulta importante analizar qué clase de necesidades y ambiciones pretendemos satisfacer con el trabajo a elegir, más allá del relevante factor económico que conlleva esta decisión. Son muchas los valores subjetivos que puede proporcionar elegir el trabajo correcto: satisfacción personal, reconocimiento y mejora del status social, flexibilidad a la hora de gestionar el tiempo de trabajo, capacidad de obtener un feedback inmediato de tu rendimiento profesional, mayores o menores ingresos económicos, satisfacción de contribuir al bienestar general o de poder ayudar a los semejantes, capacidad de desarrollo intelectual que proporciona la actividad, etc.

Sin embargo, por otro lado, hay que tomar en consideración también los sacrificios personales que puede requerir un tipo de actividad concreta, y no únicamente los referentes a la cantidad de tiempo, de desempeño y esfuerzo a emplear en su desarrollo, sino también los relativos a su encaje con el conjunto de intereses o valores personales que puedan verse puestos en entredicho. Si una persona quiere ser juez tiene que ser consciente de que deberá cargar con la responsabilidad de enviar una persona a la cárcel y si es abogado deberá saber que su misión es defender a su cliente e intentar buscar resquicios que lo exoneren de su culpa en la medida de lo posible aunque efectivamente su defendido haya cometido el delito. A diferencia de los beneficios que pueda reportar un empleo, en el caso de las desventajas de un puesto profesional, deberían distinguirse dos niveles diversos. Uno inicial absoluto, que represente aquellos inconvenientes que descalifiquen por completo una actividad para poder tenerla en cuenta en el abanico de opciones final. El segundo debe considerarse relativo, y se refiere a aquellos costes asumibles en los términos comentados. Como es fácilmente deducible, las exigencias o desventajas que podamos plantear de una actividad profesional raramente van a ser extraíbles de manera estanca sin estar relacionadas con las demás. Todo lo contrario, en multitud de ocasiones habrá inconvenientes conectados o algunos que provengan directamente de beneficios expresos. Será fundamental que, pese a su interconexión, sean analizados y tenidos en cuenta por separado, ya que en muchas ocasiones considerarlos de forma global puede hacernos perder apreciaciones y matices relevantes que sí pueden ser revelados en una observación separada e independiente de cada uno.

El proceso de decisión final requiere realizar el análisis global de los distintos pasos que hemos avanzado, y debería estar limitado a un pequeño número de opciones. Estas deben representar opciones laborales cuyo equilibrio de esfuerzos y grado de satisfacción de ambiciones que cubre sea acorde con nuestra personalidad, que estén dentro de las materias jurídicas que sean las correspondientes a nuestros intereses y mejor desempeño y, sobre todo, que sean acordes a nuestras habilidades y potencialidades. Es fundamental estar particularmente atento a la comparativa entre nuestras aptitudes y debilidades profesionales con las exigencias concretas que presentan los resultados finales alcanzados en nuestro razonamiento sobre potenciales actividades profesionales. De nuevo, es conveniente que nuestras carencias no se encuentren reflejadas en los principales requisitos o sacrificios que requiere la actividad, sino al contrario, que sean nuestras aptitudes más importantes las que hayan de soportar el peso del ejercicio de la profesión de manera exitosa.

La realización correcta de este análisis conjunto tripartito es clave para que un estudiante de Derecho pueda afrontar con precisión y orden metodológico el proceso de elección de una carrera profesional en el ámbito de las ciencias jurídicas.

Dado que las dos primeras etapas atienden a circunstancias personales y subjetivas de cada profesional del Derecho, y que el objetivo de este conjunto de artículos es facilitar el análisis de tercer nivel, voy a centrarme en acometer dicho tercer paso del proceso racional expuesto partiendo de la experiencia personal como investigador y profesor universitario.

All Posts
×

Almost done…

We just sent you an email. Please click the link in the email to confirm your subscription!

OKSubscriptions powered by Strikingly