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Sin riesgo no hay quien gane

Adrián Dueñas

Licenciado en Derecho y Periodismo, de profesión ni abogado ni periodista, sino una combinación de ambas y otras disciplinas que no se estudian.

Ambicioso e inconformista, no sabe decir que no a proyectos interesantes. Razón aquí.

Carácter adquirido bajo el sol estival de Marbella y al frío hibernal de Madrid.

“Things do not happen, things are made to happen”

J.F. Kennedy

Me dijeron una vez que debía olvidarme de mis sueños infantiles y convertirme en alguien de provecho, que era lo mejor para mí y que tendría el futuro asegurado. Mentira. Ser abogado o periodista no es de provecho, ni es lo mejor para mí, ni tengo el futuro asegurado. Y todo ello no es malo, sino bueno. Soy Adrián Dueñas, doble Licenciado en Derecho y Periodismo, y esta es mi historia.

'Periodistas', la serie de televisión que cambió mi vida. O quizás no tanto. Mejor me explico: a día de hoy ya no recuerdo exactamente el motivo, pero yo quería ser uno de ellos. Intercambiar información, investigar, tener otros colegas de profesión. Lo tenía claro, quería ser periodista.

Crecí viendo la serie y soñando trabajar en un periódico de gran tirada en España. Realmente no sabía en qué consistía el trabajo más allá de lo que había visto hacer a Blas Castillote, Ali Rocha o José Antonio Aranda. Pero yo quería ser periodista. No cabía otra opción en mi cabeza.

Hasta que alguien me habló del de siempre: el dinero. Siendo periodista no iba tener ni para comer –eso decían-, comiendo poco quizás sobrevivo –eso pensé-. Mis allegados no estaban muy de acuerdo. Los menús compartidos eran los más demandados en los restaurantes próximos a los Juzgados de Marbella, de donde vengo, en pleno boom informativo del Caso Malaya.

El dinero, cómo no. Fue entonces cuando me plantee la posibilidad de ser cualquier otra cosa que me diera, al menos, para un menú completo. Recurrí a lo tradicional, a la apuesta segura, y decidí ser abogado. Tampoco tenía muy claro a qué se dedicaban esos señores que se hacían llamar letrados y que siempre iban bien vestidos –ahora sé que no todos-, con ese porte típico que los diferenciaba y zapatos muy brillantes.

Una carrera útil

¿Por qué razón ser abogado? Yo no había visto ninguna serie que me invitase a ello. No me convencía la idea, pero seguí hacia adelante. Supongo que no había ninguna mejor. Al fin y al cabo, puede que no sea tan mala idea. Error número uno: las ideas que no son tan malas, nunca serán buenas.

Llega la hora de buscar universidad de derecho. Me sorprende que las haya por todos lados. ¿Cuál elegir? Ni idea. Tampoco tengo referencias en mi círculo de conocidos. No sé qué hacer. Casi de rebote encuentro una universidad que ofrece derecho y periodismo a la vez. No puede ser, voy a poder hacer lo que debo y lo que quiero. Todos contentos. Error número dos: las cosas hechas por deber no se dejan querer.

Hoy, a pesar de que nada apuntara a ello, soy más abogado que periodista, aunque licenciado en ambas. No me he decantado por la primera por el dinero, que de momento es escaso, sino porque realmente es una carrera útil. Lo es en general. La amalgama de conocimientos que aporta esta carrera profesional es increíblemente extensa. Da igual si finalmente me dedico a litigar en juicio, asesoro a empresas o monto mi propio negocio online. El derecho está en todos lados. Es omnipresente, casi divino. Convivimos de forma permanente con él y su conocimiento es pieza clave para entender este juego.

¿Me apasiona el derecho? No. O al menos no en su conjunto. ¿Aspiro a tener un puesto de trabajo apasionante? Definitivamente sí. Son muchas las puertas que abre el estudio del derecho y pocas las que cierraYo soy abogado porque me permite ser otras muchas cosas, porque siendo abogado, soy también psicólogo, comercial o el cura del pueblo.

No lo tenía claro al empezar la carrera, no lo he tenido durante el transcurso de la misma e incluso después de terminarla seguía dudando. Y todo ello porque me lancé a hacer lo que debía y no lo que quería. Ese fue mi error y por ello no he disfrutado por el camino. Ahora empiezo a valorar lo que significa ser abogado y el mundo que tengo por comerme.

Si, por el contrario, hubiese sido consciente del amplísimo abanico de oportunidades laborales y, por ende, de la satisfacción que ofrece la formación en derecho, no lo hubiese hecho porque debía, sino porque realmente lo deseaba.

Hoy me alegro de estar donde estoy, aunque el viaje no fuera cómodo. Al menos me ha servido para comprender qué no quiero en mi vida. No voy a trabajar por dinero. Jamás. Lo haré por satisfacción.

La pasión

Empecemos por el principio (no suele fallar). Primer día de clase y no conocía a nadie. Estrenando ciudad y vida, no tenía más remedio que hacer de los compañeros, amigos. Nunca me había considerado alguien tímido, hasta que llegué a Madrid. Parecía que la gente se conocía de toda la vida y que llevaban varios cursos adelantados, por lo que no te queda más remedio que hacerte grande, afinar un poco el acento andaluz y unirte a ellos. Tras varios años, se convierten en imprescindibles.

Cuando empiezas la universidad nadie te explica qué es el derecho. Todavía no entiendo por qué. Un par de semanas de Introducción al Derecho y hubiese sido suficiente para entender el engranaje sociocultural que rodea a esta disciplina. Y no hablo de Teoría del Derecho, que en función del profesor que te tocara te enterabas de poco o de nada. Tuve, en cambio, que encajar las piezas yo mismo. Cada profesor se dedicaba a impartir su clase y no la conectaba con la anterior o la posterior. Cada hora empezaba un nuevo mundo, con distinta técnica y aprendizaje. Era y es un caos para el alumno. La consecuencia no es otra que el tratamiento diferenciado de cada asignatura y eso repercute negativamente en el interés por el conjunto de la carrera. No hay enlace entre asignaturas y, bajo mi punto de vista, es un gravísimo error (es el número tres pero esta vez yo no tengo nada que ver).

Así pues, pasé exámenes y cursos con la única satisfacción de acercarme un poco más a la vida profesional. Yo quería llegar rápido y en eso centré mis esfuerzos. Esta vez no me equivoqué, pues nada tiene que ver estudiar derecho con trabajar de ello. Mientras lo primero consiste en saltar obstáculos, lo segundo va de superar retos.

¿Dónde termina el jurista teórico y empieza el práctico? En su estómago. El hambre es lo que hace a una persona salir a la calle a por pan. La falta de apetito es el tumor del profesional. Ambición, ganas de superarse, de vencer, de gobernarse a sí mismo; ganas de triunfar, de sufrir, de caerse y levantarse; ganas de equivocarse, pues es la única manera de aprender (no hay otra, comprobado). Y no hablo de dinero, sino de tachar los to do de mis listas, de gastar subrayador, de quemar papel, buscando y encontrando soluciones que te sorprendan hasta a ti mismo; y de acostarse hecho polvo. Eso es vivir con pasión y eso quiero yo.

Teniendo en cuenta la competencia con la que se encuentra un recién titulado en derecho, no debe pensar en números y sí en objetivos a cumplir. Superando barreras, las puertas se abren solas. Es solo cuestión de tiempo.

Por eso, paciencia querido amigo. Es la receta a los males del mundo real. Es preciso saber esperar y, aunque no veamos fin al camino, de repente y cuando menos te lo esperas, has acabado la carrera. ¿Y ahora qué?

Ahora, a jugar

No queda otra que luchar cual jabato, pues es la única manera de comer. Te enfrentarás a grandes edificios de puertas giratorias, entrevistas donde te sientes diminuto y miradas de jefes de recursos humanos que no sabes si primero van a contratarte o a despedirte. 

Digo esto sin ser precisamente un experto en entrevistas de trabajo. Las pocas que he realizado he salido bien contento de ellas. Unas veces me ofrecieron el puesto y otras no. Es cuestión de encajar en el perfil que buscan. Y ese perfil puede ser totalmente opuesto dependiendo del despacho o empresa. Por ello no es fácil encontrar ese amor incondicional entre candidato y firma, pero cuando llega lo sabes.

Y en ese mar hay lugar para todos los peces. Por favor, no desistas tras varios noes. Sigue mirando al frente, fórmate, especialízate. En el presente y en el futuro más inmediato solo cabe un tipo de profesional: cabeza de ratón. En lo que sea, pero el mejor. O al menos uno de ellos. La especialización es calidad en el resultado. Yo siempre iré a que me revise la vista un oftalmólogo y no le pediré el favor al podólogo. Cuando tenga un problema de Propiedad Intelectual, acudiré a un despacho dedicado a ello; y cuando se trate de un tema de números, acudiré al correspondiente fiscalista. No tiene sentido que el abogado siga siendo médico generalista, habiendo tantas enfermedades por tratar.

Un buen profesional del derecho

La vida de abogado es buena, la consideración social te ayuda a sentir que estás en el buen camino. En mi caso, una inquietud incansable me hacen nadar entre varias aguas: derecho, empresa, tecnología e innovación. Y ese cóctel es realidad en su máxima expresión. No se puede gobernar una sociedad sin unas normas. Tampoco se puede gobernar una empresa, por muy pequeña que sea, sin la fijación de unas reglas que cumplir, ya que el caos es el enemigo del derecho. La innovación y la tecnología van de la mano de las otras dos y son pieza clave en el desarrollo de las mismas.

Todo esto te ayuda a ver la película desde los dos lados de la pantalla: el abogado tradicional espera sentado a que, casi por casualidad, alguien pase por delante de su despacho y vea un letrero con buena pinta, siendo entonces cuando empieza su trabajo; el empresario de hoy, el que arriesga, sale a la puerta a por sus clientes y los arrastra hasta su territorio. Se llevan todos bien porque no juegan en la misma posición, son compatibles. Yo he entendido esto en la vida real y ningún libro me lo dijo antes.

Una serie de casualidades me hicieron iniciar una aventura empresarial de la que solo he sacado experiencias positivas. Levantar una empresa de cero, crear valor, hacer que un cliente entre en tu tienda y te compre. Eso sí que es difícil, pero también se consigue. Paso a paso vas encontrando la melodía al baile de ideas y pasan del papel al escaparate. Y entra un cliente, luego otro y esos traen a familiares y amigos. Y ya estás dentro del juego: c’est parti.

Salir a vender, no dejar que te engañen, ser más rápido que el otro, negociar o ceder. Son habilidades no solo del empresario, sino también del abogado. Lo aprendido en una disciplina fácilmente es extrapolable a la otra. Imaginemos un abogado que se levante de su confortable silla ergonómica, se ponga una camisa de comercial -todos sabemos a cual me refiero- y se lance a por el negocio. Imaginemos un abogado infranqueable, al que nadie pueda engañar porque se las sabe todas. Imaginemos a un abogado duro en las negociaciones y flexible en las concesiones. Imaginemos a un buen profesional del derecho.

Sin duda, la psicología es herramienta esencial en el trabajo de un jurista. Es preciso repartir empatía entre clientes y compañeros. En este sector no triunfa el lobo solitario, pues no existe ni existirá el profesional que abarque todas las áreas del derecho. Y eso es grandioso. No significa otra cosa que el mundo jurídico es enorme, complejo y extenso.

La incertidumbre no muerde

Nos piden que durante la adolescencia resolvamos nuestro puzle, que decidamos qué queremos ser el resto de nuestra vida, sin que nadie se dé cuenta de que esa decisión se va construyendo en cada pisada. No debemos temer las preguntas, pues todas tienen respuesta y si no la vemos por ningún lado, llegará en su momento. O quizás no. Puede que algunas preguntas se queden sin respuesta y eso es bueno, pues mantendrá la llama dentro de nosotros durante toda la vida. La incertidumbre aporta las mismas dosis de miedo que de adicción. Sin temores no avanzaríamos pues siempre estaríamos sentados en esa silla ergonómica perfectamente ajustada a nuestra espalda algo torcida tras haber ojeado, revisado, estudiado, subrayado, repasado y nuevamente ojeado enormes cantidades de libros que no hacen sino gritar muy fuerte que salgamos ahí fuera y comprobemos que lo que dicen es cierto.

Y es cuando te calzas el traje de comercial, sales al terreno de juego con un hambre voraz y, sin que nadie las llame, aparecen las respuestas que llevabas tiempo esperando. Vas tomando decisiones y llevando tu vida hacia una dirección u otra. Ninguna salida es mejor que la siguiente o la anterior, es simplemente la tuya. Tu salida, tu decisión, tu camino.

No pretendo dar lecciones de vida, pues aun ando en pañales pero los llevo cargados de ganas de ganar, de crecer y superar barreras entrando a empujones en la zona de confort de otros. Sin miedo no arriesgaríamos y sin riesgo no hay quien gane. El abogado es mucho más que un experto en leyes, es alguien que vive la realidad que le rodea como algo propio. Y eso cambia la perspectiva.

Adrián Dueñas
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