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¿Qué quise que me contaran en la facultad y nadie hizo?

Gonzalo Gómez Acero

Abogado del Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla.

Licenciado en Administración y Dirección de Empresas.

Abogado del Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla, trabajo en el Bufete Gómez Martínez (www.bufetegm.com). Especializado en las ramas mercantil y fiscal.

Inquieto y apasionado de la formación continua. Enamorado de la profesión. Me gusta colaborar en proyectos no lucrativos para poner el conocimiento al servicio de aquellos sin medios. 

"Búscate un trabajo que te enamore y no trabajarás en
tu vida"
Confucio
Los principios del comienzo

Resulta siempre un tanto extraño sentarse a escribir para hablar del pasado. Hablar del pasado, a diferencia del futuro que sí te permite soñar –o al menos imaginar según las expectativas de cada uno- no deja margen a la imaginación.  Hablar del pasado es parar por un momento en nuestras ajetreadas y ocupadas vidas y darle una oportunidad para aflorar de nuevo aquello que nos ha dejado huella, querámoslo o no. Cuando, además, se trata de un pasado personalísimo y que afecta de lleno a los recuerdos más especiales, las experiencias más valiosas,  con más razón se experimenta el sosiego y la calma en un mundo que nos propone todo lo contrario.

Siempre he huido de la distinción entre los malos y los buenos recuerdos. Se antoja una clasificación llana y simplona, que reduce las posibilidades de adjetivar lo que uno encuentra buceando en su pasado. Prefiero distinguir entre aquellos momentos que deben ser desempolvados y traídos a la superficie y aquellos otros que en seguida vienen a la memoria, naciendo, casi sin controlarlo, una leve sonrisa en el rostro por el simple hecho de recrearse en él, ese momento en el que se fue protagonista por vivirlo en primera persona. Los primeros los llamaremos “recuerdos positivos” y los segundos, “recuerdos menos positivos”.

Recuerdo una entrevista que escuché una vez en la radio a un psicólogo especialista en la disciplina que estudia los recuerdos, su naturaleza, su evolución, clasificación, etc. Las preguntas y respuestas de aquella entrevista eran bastante interesantes y probablemente cualquiera de los lectores habría mostrado interés, lo que allí se dijo no era algo que escucháramos todos los días y supo transmitirla de manera más que amena. Particularmente, me impactó cómo nuestro cerebro es capaz de gestionar el almacenamiento de recuerdos de toda una vida y cómo sabe detectar aquellos que provocan dolor, tristeza, vergüenza… para ser eliminados: directamente transportados a lo más profundo de ese pozo sin límite que constituye el cerebro humano. Lo más llamativo es que todo ello lo realiza mientras dormimos. Más adelante he indagado sobre la cuestión y no por ello ha dejado de sorprenderme. El hecho de que  tengamos diseñado un mecanismo selectivo para que, de manera involuntaria, solo permanezca aquello que nos aporta sensaciones positivas es extremadamente llamativo. Sucede, como con otras tantas cosas en la vida, que no se le concede valor a aquello que se tiene. Lo peor para no saberse afortunado es no repetirse cada día lo que se tiene y no lo que falta. Basta preguntar a las personas que conocemos que les falta un ser querido que se ha ido de su lado antes de lo que debiera, o aquellos que no conocen lo que significa ir andando al trabajo cada día por la cercanía y otros tantos ejemplos.

¿Qué relación guarda la introducción anterior con los motivos que han traído al lector a dedicar su atención a estas líneas? Pregunta, sin duda, más que justificada  a estas alturas y que, si me conceden algunos minutos más de su paciencia, se lo enseño. Estamos acostumbrados a que cuando oímos hablar a nuestros padres, o los que hayan tenido hermanos mayores, sobre la época universitaria, siempre se desvive el narrador contando anécdotas y buenos momentos. Eso es lo que sucede en la gran parte de los casos, es decir, el cerebro humano ha hecho bien su trabajo. Ha seleccionado involuntariamente aquella parte de la que guarda un buen recuerdo, aquello que ha estimado que le aporta “sensaciones positivas” y ha ido deshaciéndose paulatinamente de las que hemos llamado experiencias “menos positivas”. Nosotros mismos podríamos hacer ese ejercicio y casi con total seguridad el resultado sería el mismo. Nuestra gestión de los recuerdos no traerá a la superficie los madrugones de la época de exámenes, los resultados de los exámenes menos satisfactorios, etc. Sin quererlo, nos acordaremos de las anécdotas de las clases, de los buenos profesores, del grupo de amigos que se fraguó y todavía hoy sigue intacto, entre otras.

Pues algo parecido sucede ahora. Compartir unas líneas sobre el ejercicio de la abogacía, casi inevitablemente, va a pivotar sobre la narración de algunos consejos prácticos, algunas experiencias que han enseñado cómo actuar o cómo no actuar ante determinadas encrucijadas profesionales que sin duda son comunes y todos  nos encontraremos…pero ello no quiere decir, como ya sabemos, que no haya habido también momentos de experiencias negat…”menos positivas”.

En mi caso, no fue hasta mediados del último curso de bachillerato, cuando empecé a experimentar un interés hasta entonces desconocido por la lógica de las cosas, la argumentación de las posiciones en los debates no basada en meras creencias, la defensa de las cosas con deducciones sólidas, con un respaldo conocido por todos, empecé a interesarme por las noticias de la actualidad nacional e internacional, por alcanzar a entender las noticias económicas a la hora de comer, por comprender los titulares de prensa sobre los conflictos privados o el funcionamiento del mercado… En fin, cada semana que pasaba experimentaba la sensación de que no iba a estudiar ninguna carrera puramente técnica ya que los esfuerzos por dedicarle tiempo eran mayores que los que sentía para otro tipo estudios. Entiendo que no es un proceso particular, sino común. Probablemente un gran número de lectores habrán pasado o estarán pasando por lo mismo. Es la sensación de que no controlas el cauce de por dónde te va llevando la vocación profesional que todos llevamos dentro; sin embargo, en tu interior sabes que estás seguro, sabes que estás haciendo lo correcto. No tienes dudas de ello. Has encontrado la respuesta a una de las que, dicen, es de las preguntas más importantes de la vida: a qué quiero dedicar mi formación y luego vida profesional.

Ejercicio de la profesión

Sin más preámbulos que los necesarios, expuestos hasta ahora, quiero compartir con los lectores algunas reflexiones, eminentemente prácticas la mayoría, para facilitar la incorporación al ejercicio de la profesión de Letrado. Pretenden ser algunas recomendaciones para aquellos estudiantes que estén al borde de terminar el paso por la Universidad (ahora Grado) o aquellos que se enfrentan a la preparación del llamado “examen de acceso” que se instauró tras la aprobación de la Ley 34/2006, de 30 de octubre, y el Real Decreto 775/2011, de 3 de junio, por el que se aprueba el Reglamento de la Ley 34/2006, de 30 de octubre, ambas normas vigentes sobre el acceso a las profesiones de Abogado y Procurador de los Tribunales.

Debe tenerse en cuenta que la lectura de estas pautas sugeridas deben siempre partir del presupuesto de que la humilde visión del que escribe estas líneas se desarrolla en un despacho pequeño, bufete de abogados y economistas, con una cartera de clientes eminentemente de Sevilla y provincia, con un asesoramiento  en su apartado legal centrado en las áreas Civil, mercantil, administrativo, Penal y fiscal y en su apartado económico centrado en la auditoría de cuentas y el asesoramiento contable y financiero.

Me gustaría partir de lo que se conoce como los “Diez Mandamientos del Abogado”. Se trata de un decálogo que el Decano del Colegio comparte en cada uno de los actos en los que los jóvenes abogados proceden a “la jura”. Se trata de un protocolario acto celebrado en el salón central de la sede del Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla (ICAS) en el cual se jura (o promete) tanto la Constitución Española como el Estatuto de la Abogacía (puede consultarse en el Real Decreto 658/2001, de 22 de junio, por el que se aprueba el Estatuto General de la Abogacía Española). Todo ello ante la Junta de Gobierno del ICAS, familiares y la figura del padrino, que siempre suele ser un abogado algo veterano, en ejercicio y que en mi caso particular fue mi padre.

En primer lugar, analizaremos individualmente cada uno de ellos, para luego añadir algunos consejos prácticas bajo distintos epígrafes.

1. ESTUDIA.- El Derecho se transforma constantemente. Si no sigues sus pasos, serás cada día un poco menos abogado.

Este punto no es casualidad que sea el primero, en él descansa gran parte de la clave de que el ejercicio de la profesión avance por el camino del éxito. Como todos aprendimos en los primeros cursos de facultad, el Derecho examina siempre la realidad social que le toca vivir y trata de ir adaptándose a ella, avanzando siempre por detrás de la misma. Eso ha sido siempre así y es una de los rasgos de la “ciencia jurídica”. Hay multitud de ejemplos sobre ello. Por citar algunos de los más relevantes: la regulación ex novo de la disposiciones que aborden la legalidad del clausulado de determinados contratos bancarios de adhesión que antes no existían; regulación de nuevos tipos Penales que suponen recoger la tipicidad de nuevas formas de delinquir, por ejemplo, a través del uso de las nuevas tecnologías; la planificación fiscal de un grupo de empresas familiares tras una reforma tributaria que incide en la actividad de la misma y sus socios y un largo etcétera de ejemplos.

El estudio constante del ordenamiento jurídico y la jurisprudencia que lo sistematiza y reinterpreta son las claves para trabajar actualizado y no hacer el ridículo. En una sociedad como la nuestra en la que la información fluye por varios canales (televisión, radio, redes sociales, aplicaciones móviles…) no estar actualizado puede significar la “muerte profesional”. Hay muchas aplicaciones y formas de dedicar un tiempo fijo semanal a la puesta al día como abogados. Igual que nadie se pone en manos de un dentista que, ante una muela picada, sigue aplicando el método de la extracción en vez de aplicar la última tecnología en limpieza y empaste, análogamente ningún cliente querrá estar en manos de un abogado que muestra desconocimiento de las actualizaciones sobre la materia que afecta a su problema.

2. PIENSA.- El Derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando.

No podemos convertirnos en autómatas de la práctica jurídica. Cada caso es particular y tienes rasgos que lo definen, que lo hacen especial. Igual que no es de agrado cuando se recibe una sentencia y, hayan sido o no estimadas tus pretensiones, hay signos evidentes de que es una “sentencia tipo” en la que se ha copiado y pegado casi la totalidad de ella (llegando incluso a veces a conservarse los nombres del procedimiento originario que deriva, creando erratas) igual sucede con el análisis de cada problema puesto en nuestras manos. Dedicarle una segunda lectura, un rato más de darle vueltas a la cabeza, contrastarlo con algún compañero del equipo, todo ello ayuda a ver un mismo presupuesto de hecho desde distintas ópticas y ello puede ser vital. Por lo general, recomiendo huir de modelos prefabricados de escritos. Recomiendo hacer los propios razonamientos, encajar los artículos entre sí y darle la forma que mejor se adapte al caso, al fin, imprimir el sello personal en los escritos. Será un trabajo de mayor valor y el cliente agradecerá que se le hayas dedicado tiempo, como si su problema fuera el más importante de todos los que han sido encomendados. A su vez, se conseguirá justificar los honorarios y se estarán desarrollando  las habilidades profesionales.

3. TRABAJA.- La abogacía es una ardua fatiga puesta al servicio de la justicia.

En una ocasión leí una máxima que se le atribuye a Confucio, aunque más tarde contrastando en internet he comprobado que hay otras teorías sobre su origen. Lo importante no es la autoría, si no el contenido: “Busca un trabajo que te guste y no trabajarás en tu vida”. Esta sencilla reflexión es la que invito que todo aquel que se plantea iniciarse al ejercicio de la profesión debe cuestionarse. Por encima de la cotidianeidad, del achaque que suponen las malas noticias, de la falta de reconocimiento de los esfuerzos por parte del cliente, de la falta de relación directa a veces entre estudio-éxito. Por encima de todo ello, trabaja duro. No te canses, no desesperes, los resultados no son inmediatos. La satisfacción comienza a verse cuando, cerca de los tres años de ejercicio, compruebas naciste para ser abogado.

4. LUCHA.- Tu deber es luchar por el Derecho; pero el día que encuentres en conflicto el Derecho con la Justicia, lucha por la Justicia.

No siempre están en la misma orilla Derecho y Justicia, a pesar de que la RAE, en las acepciones que da de Justicia, en dos de ellas utiliza “Derecho” (2. f. Derecho, razón, equidad. || 4. f. Aquello que debe hacerse según Derecho o razón). Como operadores del tráfico jurídico hay que tener clara la distinción. Quizás puede ser el mandamiento más conflictivo de todos por dar entrada a los planteamientos morales de índole estrictamente personal. Quizás, por lo anterior, no sea este el lugar donde reflexionar sobre el contenido del mandamiento ya que la interpretación puede ser variada en función del Letrado que escriba. No obstante, al menos, sirva como llamada de atención para plantearnos, ante cualquier conflicto ético-profesional, que la prevalencia de la Justicia es incondicional.

5. SÉ LEAL.-Leal para con tu cliente, al que no debes abandonar hasta que comprendas que es indigno de ti. Leal para con el adversario, aun cuando él sea desleal contigo. Leal para con el Juez, que ignora los hechos y debe confiar en lo que tú le dices; y que, en cuanto al Derecho, alguna que otra vez, debe confiar en el que tú le invocas.

La lealtad juega un papel fundamental en el día a día. Aludíamos al principio de estas líneas a que la práctica de parar a recordar, sin prisas, sin agendas, dándole al tiempo que dedicamos al tiempo la capacidad de sorprendernos, es un hábito en peligro de extinción. En una profesión en la que mandan los plazos de los vencimientos y la astucia para con los adversarios, sin embargo se nos pide lealtad. Ser leal no siempre es fácil. Hay ocasiones en las que visto bajo el prisma de la rentabilidad económica, hay clientes que no convienen, pero se nos pide ser leales; hay, como en todas las profesiones, compañeros que no merecen ni ese título, pero se nos pide ser leales; hay jueces que harán sentirte inferior o infravalorado tu trabajo, pero se nos pide ser leales. La lealtad no es educación, no es protocolo, no es conservar las formas por encima del fondo. La lealtad entendida como una forma de “ir por la vida”, una forma de diferenciarse.

6. TOLERA.- Tolera la verdad ajena en la misma medida en que quieres que sea tolerada la tuya.

En los primeros años de ejercicio, muchas veces guiados por la fortaleza de espíritu propias de la edad y las reacciones impulsivas de quien aún no ha asumido que su actuar no se puede regir por los patrones de un ciudadano más, no se respeta la verdad ajena. Con la práctica se gana en serenidad y se encuentra el momento idóneo de hacer valer los argumentos. A priori, ninguna verdad es más valiosa que otra. Para eso el Derecho tiene sus propios mecanismos de desenmascarar lo oculto, la verdadera realidad que subyace tras la primera versión. Mecanismo o instrumentos que se corresponden con la práctica de pruebas tales como los peritos y los testigos, los interrogatorios de parte, las investigaciones, etc.

7. TEN PACIENCIA.- El tiempo se venga de las cosas que se hacen sin su colaboración.

Muy relacionado con lo comentado a colación del mandamiento tercero, se encuentra este reconocimiento a la paciencia. Las resoluciones que se obtienen a veces en las primeras instancias pueden ser un buen ejemplo de aplicación de la paciencia; los ejercicios en los que la facturación ha estado por debajo de las expectativas pero los esfuerzos de estudio y metodología de trabajo han seguido mejorando, pueden ser otro ejemplo. Los frutos, tarde o temprano, aparecen. En mi parecer, es raro el caso de la persona que accede a la carrera por vocación; quizás pueda gustarle, atraerle, pero eso no es en realidad la verdadera vocación, sino una llamada interior que crecerá a medida que vayamos conociendo y viviendo los pros como con los contra de la actividad elegida.

8. TEN FE.- Ten fe en el Derecho, como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la justicia, como destino normal del Derecho; en la paz, como sustituto bondadoso de la justicia; y sobre todo, ten fe en la libertad, sin la cual no hay Derecho, ni justicia, ni paz.

Se trata, en definitiva, de creer en aquellos valores bajo los que se sostienen el sistema en el que vas a trabajar. El Derecho, la justicia, la paz y la libertad. Dudar de los mismos como los máximos atributos del sistema jurídico repercutirá en el desarrollo profesional. Son principios tan sólidos que no admiten ser derrotados por malas experiencias. Si el sistema se sostiene sobre ellos, es que no se tambalean por pronunciamientos judiciales que a veces pueda pensarse que los atacan frontalmente a cualquiera de los cuatro.

9. OLVIDA.- La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras cargando tu alma de rencor, llegará un día en que la vida será imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota.

La facilidad con la que estamos llamados los abogados a “olvidar” es, quizás, una de las peculiaridades de esta amada profesión y que más impacta al principio del ejercicio. Tan pronto como un ego pasajero puede invadir tu interior tras un pronunciamiento judicial favorable o una negociación en la que se obtiene lo pretendido, con la misma fugacidad debemos dejar que el desánimo se haga con nosotros. Unas veces se gana y otras veces… se aprende. Especialmente importante es no identificarse con las pretensiones del cliente hasta tal punto que se llegue al enfrentamiento personal entre compañeros. Los más veteranos siempre les he oído decir que “los clientes se van, pero los compañeros se quedan”. La creación de enemigos en el sector como consecuencia de intereses de los clientes no es jamás un buen camino. Sin perjuicio de lo anterior, no debe tampoco comportarse de manera tal que el cliente pudiera llegar a entender que no estás alineado con sus mismos intereses. Eso es innegociable. Pero la diferencia es que el abogado, luchando por lo mismo, debe mantener una posición menos pasional, sabiendo mantener la distancia con el conflicto de intereses. Eso mismo muchas veces es imposible de exigir al propio cliente y de ahí la necesaria presencia de los abogados.

10. AMA A TU PROFESIÓN.- Trata de considerar la abogacía de tal manera que el día en que tu hijo te pida consejo sobre su destino, consideres un honor para ti proponerle que se haga abogado.

Qué mejor forma de recoger todo lo anterior que enamorándose de la profesión, hasta el punto de que te configure como persona, te vaya vertebrando los valores de tu vida y vaya haciéndote sentir a gusto con uno mismo.

Gonzalo Gómez Acero

 

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