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Picapleitos: desde Groucho Marx hasta la actualidad, y más allá

Andrea García Parra

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No es de sus actuaciones más conocidas, pero los seguidores más acérrimos de Groucho Marx quizá sepan que, a principios de los años treinta, el famoso cómico ideó una serie radiofónica, en la que él era protagonista junto con su hermano Chico, centrada en las aventuras y desventuras del abogado Mr. Beagle. Pues bien, el título de dicho serial radiofónico era Flywheel, Shyster and Flywheel”, es decir, “Volante, Picapleitos y Volante”.

Así, desde hace casi un siglo, quizás más (de hecho, existen diversas teorías sobre el origen de la palabra), se ha venido denominando picapleitos a aquel abogado de mala reputación, deshonesto en el ejercicio de su profesión, que no sigue como es debido el desarrollo de sus casos; y, en consecuencia, actúa de manera insuficiente.

Un tipo de abogados a los que es conveniente evitar. Como bien ilustra el siempre genial Groucho (Mr. Beagle) en este diálogo de un capítulo de “Volante, Picapleitos y Volante”:

-Nuevo cliente: Un amigo mío me dijo que usted era un buen abogado.


-Beagle: Pues no debe ser tan amigo.

Siempre ha habido términos para referirse a aquéllos que no ejercen debidamente su profesión, como el término matasanos se refiere a los médicos ineptos y el término sacamuelas a los dentistas poco profesionales. Y del mismo modo, un picapleitos es un abogado poco recomendable por su mala praxis. 

El problema viene cuando absolutamente todos los abogados (o la profesión al completo, entendida como un todo) son percibidos como picapleitos, y no sólo los malos abogados. Desgraciadamente, en la actualidad parece que así es.

Y es que, si hay algo que está lastrando el trabajo de los abogados, y del sector legal en general, en España; eso es la creencia generalizada, entre el ciudadano medio, de que los abogados son una especie de charlatanes, o timadores (picapleitos, en definitiva), que no están interesados en el beneficio de sus clientes, sino únicamente en el suyo propio; y que, por tanto, conviene evitar “meterse en abogados”, en la medida de lo posible, para que “no te saquen los cuartos”.

Es precisamente la convicción de que los abogados pertenecen a otra categoría distinta a la de la población “normal”, lo que hace que desconfíen de ellos y que piensen que van a tratar de engañarles; de manera que el conocimiento del derecho es considerado, exagerando, como el conocimiento de hechizos de brujería, sólo apto para cierto tipo de seres oscuros o perversos.

Por no hablar de los jueces, a los que los ciudadanos contemplan como semidioses inaccesibles, que juzgan desde sus pedestales sin ser conscientes de las consecuencias de sus decisiones, ni por su puesto, de la realidad social.

Dejando ahora a un lado la comicidad (si verdaderamente la tiene) de la situación, conviene resaltar que en gran parte lo que contribuye a lo anterior (así como a la lentitud característica del sistema judicial español moderno), es el desconocimiento de las leyes, y del ordenamiento jurídico en general, por parte del ciudadano de a pie. Y eso pese a que, si algo es bien sabido precisamente por la población lega en derecho, es que el desconocimiento de la ley, no exime de su cumplimiento, como establece el artículo 6.1 del Código Civil español.

En consecuencia, y para evitar engaños masivos, tipo acciones preferentes o estafas piramidales, para reducir el número de pleitos innecesarios, entre particulares, y entre empresas, pero a la vez, animar a los ciudadanos a que no teman defender sus intereses cuando éstos son dignos de protección jurídica; convendría garantizar una formación jurídica y económica mínima a todos los ciudadanos, con la inclusión, desde edades tempranas, en los programas formativos de carácter obligatorio (en la ESO, fundamentalmente) de asignaturas relacionadas con el mundo jurídico y económico.

Y, a la vez, dado que eso podría suponer un proceso desmesuradamente dilatado en el tiempo, se podría tratar de fomentar el conocimiento de la ley por parte de la población de a pie: a través de los medios de comunicación, siempre omnipresentes en nuestras vidas, ya sea de manera offline u online; con campañas de promoción por parte del Gobierno, a todos los niveles; mediante eventos y exposiciones organizadas por abogados y asociaciones de abogados, etc. Por supuesto, éstos son sólo algunos ejemplos.

Así, para ilustrar, una vez más de forma humorística, la necesidad de desarrollar algún tipo de medida como las que se proponen, o diferentes, pero con el fin de intentar remediar la situación; citaremos de nuevo un hilarante diálogo del abogado interpretado por Groucho Marx en “Volante, Picapleitos y Volante”:

-Cliente (confuso, tras la explicación del abogado sobre cómo va a llevar su divorcio): Mr. Beagle, la verdad es que no entiendo la operación; pero lo dejo en sus manos. Usted es el abogado, y como buen doctor en ley…


-Beagle: ¿Que yo soy el doctor? ¡Perfecto! El lunes le quitaré las amígdalas. El martes le quitaré a su esposa. El miércoles…


-Cliente: ¡Un segundo, Beagle!


-Beagle: Doctor Beagle, para usted. Saque la lengua y vuelva el próximo miércoles.

Parece excesivo, pero lo cierto es que la ciudadanía española no llega a comprender que el derecho está presente en su día a día, a cada paso que da. Incluso, podríamos decir que todos sus pasos son jurídicos: Que compran el pan, están celebrando un contrato. Que suben al autobús, más de lo mismo. Incluso al casarse, aunque sea por amor, es el ordenamiento jurídico el que regula, tanto los efectos personales, como los efectos patrimoniales, del matrimonio. Y no digamos cuando se acaba el amor y llega la separación o el divorcio.

No obstante, pese a ello, y debido a fenómenos de diversa índole y consideración, como la corrupción, los desahucios, etc., y a los factores antes apuntados, los ciudadanos han perdido la confianza en la justicia y en todas las personas que la representan, especialmente en los abogados.

Por ello, parece que ha llegado el momento en que, empezando por estos últimos, puesto que los abogados son los que se encuentran más próximos a los ciudadanos, ya que se supone que tienen que defender sus intereses; se acerque de nuevo la justicia a la ciudadanía, haciéndose el derecho más accesible a todos.

Y que, para empezar, los clientes de abogados y despachos de abogados (como debiera ocurrir en todo negocio), vuelvan a confiar en que podrán elegir al letrado más adecuado en base a sus intereses, el que mejor pueda ayudarles a defender sus pretensiones.

Y que no ocurra al contrario, que los clientes teman ser manipulados, o engañados, o incluso directamente reemplazados, si no le reportan al abogado o abogados en cuestión el suficiente beneficio, tal y como ocurría en el despacho del picapleitos Mr. Beagle de Groucho Marx en los años treinta (aunque en realidad podría ser hoy mismo):

-Cliente: ¡Me buscaré otro abogado!


-Beagle: ¿Cree usted que no podemos buscarnos otro cliente?

I CONCURSO NUEVOS JURISTAS SOBRE “LOS RETOS DEL SECTOR LEGAL EN ESPAÑA”

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