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Historia del esfuerzo

Tamara Mozas García

Licenciada en Derecho por la Universidad de Salamanca.

Asesora Laboral, Fiscal y Contable de Empresas,  aunque no asesorando actualmente.

Redactora en Qué Aprendemos Hoy y escritora de lo más variopinto. Amante de demasiadas cosas.

Persistiendo desde la fría Zamora.

“Se quiere más lo que se ha conquistado con más fatiga” 
Aristóteles

Después de leer las experiencias que otros juristas han aportado a este nuevo y apasionante proyecto, me he animado a contar mi historia. La historia de una chica normal y corriente que decidió estudiar Derecho allá por el aún no tan lejano año 2007. Nunca me consideré una mala estudiante. De hecho, mis notas eran buenas en general, destacando siempre en alguna asignatura en particular, pero nada más lejos que creerme una lumbrera. Ni mi media estaba en sobresaliente ni tenía intenciones de que así fuera, y quizás ese conformismo llegó a jugar en mi contra en alguna ocasión. Pero tras el último curso de bachillerato se me metió en la cabeza que quería estudiar Derecho, y como soy tan testaruda, vaya que si lo hice. Aunque esta carrera tuvo demasiados sinsabores.

Inicio de la aventura

Ya ni recuerdo qué fue lo que me empujó a los brazos de este amante tan exigente que es el Derecho; algunos tienen claro ya desde bien pequeños que quieren “ser abogados”  y otros van cogiéndole el gusto a medida que transcurre la carrera. Tengo que decir que me apasionaba la asignatura de Psicología que tuve la suerte de estudiar en Bachillerato y casi opto por recorrer ese camino. Pero después de una de esas charlas que los representantes de cada rama de las universidades van dando en los institutos para captar a los incautos bachilleres, me di cuenta de que el mundo jurídico era lo mío. He tenido la suerte de que mis padres nunca me presionaron acerca de mi futuro; eran conscientes de la importancia de estudiar algo no solo que me garantizara unos ingresos, sino que realmente me llenara. Y creo que tomé una sabia decisión en este sentido.

Así que unos meses después allí me planté, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Salamanca, con mi cuaderno con una fotografía de “Green Day” en la portada, mi mochila y mis Converse, dispuesta a afrontar el primer día de mi nueva vida y a conocer a mis futuros compañeros aun a pesar de lo que me costaba (y me cuesta) relacionarme con los demás.

Y ese fue el inicio de mi andadura por las ciencias jurídicas, camino que recorrí escuchando de dos a cuatro latinajos por clase, unas clases de Economía Política insufribles e incomprensibles para alguien de Humanidades y lo importante que era que aprendiéramos inglés y leyéramos a los clásicos. Y en esto tengo que darles la razón.

Ten por seguro que sufrirás

En mayor o menor medida, pero lo harás. Padecerás por una mala calificación, ya sea justa o injusta; penarás porque no pudiste estudiar lo suficiente. Alguna asignatura se te atragantará. Pero, sobre todo, habrá momentos en los que te sentirás el más desdichado del mundo. Y eso fue lo que me ocurrió en el ecuador de la carrera.

Llegaron los exámenes finales y al no obtener los resultados que esperaba, me vine abajo. No recuerdo haber llorado tanto en mi vida. Me sentí tan frustrada y desencantada, que pensé que el Derecho no era lo mío, que me había equivocado de todo punto al elegir ese camino y que debía corregirlo antes de poder arrepentirme. Llegué a plantearme comenzar la carrera de Psicología, esa espinita que aún tenía clavada y que no había podido sacarme. Pero no lo hice; fue en ese momento en el que de verdad me sentí con ganas y fuerza para continuar con algo que había empezado y que iba a terminar a como diera lugar. Algo en mi cabeza me pedía a gritos que no tirara la toalla, porque en el fondo amaba y amo demasiado al Derecho como para tirar por la borda todo lo que ya había conseguido. No podía simplemente dejarlo.

Del por qué escribo

Si hay algo que de verdad me ayudó en esos oscuros momentos en que estuve a punto de dejarlo todo, fue la escritura, ahora otra de mis pasiones. Siempre había querido escribir. Recuerdo haber escrito un relato a la tierna edad de doce años, en un cuaderno viejo y ajado que tenía por casa. El resultado fue probablemente catastrófico y un día decidí retomar lo que había dejado años atrás y  la sensación que ello me evocó fue algo que ha quedado en mi mente hasta el día de hoy: esa satisfacción que obtienes al crear algo que de verdad merece la pena ser leído; la alegría que te inunda cuando el lector queda realmente prendado de tu historia.

Pero lo más importante es que es un antídoto excelente contra la depresión. Logra hacer que te evadas a unos niveles insospechados, y eso es lo que realmente me atrae de esta afición que, con el tiempo, espero que se convierta en algo más. Es por eso que decidí unirme al equipo de Qué Aprendemos Hoy; gente joven con iniciativa y ganas de enseñar al mundo de lo que son capaces pero, sobre todo, de aprender los unos de los otros. Gracias por darme la oportunidad de mostrarme.

Conocerás a otros y, sobre todo, a ti mismo

Estudiar en otra ciudad distinta te hace abrir nuevos horizontes. El ser humano es demasiado corto de miras, siempre apegado a lo que tiene delante y sin percatarse de lo que hay a su alrededor; existen otras culturas, otras formas de pensar, y todo eso hay que experimentarlo de alguna manera. La vida universitaria hay que sentirla, hay que vivirla y exprimirla al máximo y eso fue lo que hice. Tuve la suerte de poder mudarme a Salamanca y comenzar a familiarizarme con una independencia que no había tenido hasta ese momento, aunque no fuera económica, pues mis padres pagaban religiosamente e hicieron un gran esfuerzo. Cosa que les agradeceré siempre.

Vivir lejos de casa te obliga a valerte por ti mismo, a saber hasta dónde eres capaz de llegar y lo que eres capaz de lograr. Te conocerás a ti mismo como nunca hubieras imaginado. Harás cosas que jamás pensaste que llevarías a cabo: ¿Presentar un trabajo delante de cien personas? ¿quién dijo miedo? Conocerás a gente maravillosa, por la que darías un brazo si fuera menester y con la que te unirá una relación que seguramente durará siempre. Amigos para toda la vida que tengo la suerte de atesorar y que, por otra parte, puedo contar con los dedos de una mano. Aunque también te toparás con personas a las que no les temblará el pulso a la hora de pasarte por encima y que no querrías encontrarte en un callejón oscuro.

Todo este conjunto de buenas y no tan buenas experiencias te irá forjando como persona primero y después como un profesional del derecho. 

Y ahora… el principio del fin

El espectro de posibilidades que ofrece esta carrera es amplísimo. Qué os voy a contar que no sepáis. Cuando empiezas tu andadura por el mundo jurídico te ves capaz de ser, por ejemplo, presidente del Tribunal Supremo.  Pero a medida que compruebas en tus carnes que algunas asignaturas no eran tan fáciles como te las habían pintado o que tu cuerpo y tu mente no se ven capaces de estudiar tanto, desechas inmediatamente la idea. Optas por lograr algo más factible para ti, alguien normal que objetivamente jamás aspiraría a tanto y la perspectiva de elegir otro camino te encanta. Poco a poco vas descubriendo, experimentando y dándote cuenta de qué es lo que realmente te apasiona. En mi caso, fue el Derecho Tributario.

Sí, amigos. Ese gran incomprendido del Derecho, la oveja negra. Mi relación con él no fue un camino de rosas ni mucho menos. La asignatura me gustaba mucho, pero cuando un funcionario del Ministerio de Hacienda con dotes nulas para la docencia te explica el impuesto de Sociedades, es inevitable que todo te suene a chino. Por suerte, las clases particulares que tomé me hicieron comprender la asignatura y, al fin, llegar a amarla.

Estudiar una oposición era algo que había descartado casi desde el inicio. Es por eso que, cuando terminé la carrera, no sin esfuerzo, decidí estudiar un máster en asesoría fiscal y contable con los recursos de los que disponía. Aprendí a entender la tributación aún más y la relación que nos une ahora es tan estrecha que no me imagino una vida sin ella. Sin embargo, a pesar de tener claro el enfoque que quiero darle a mi carrera, no he podido realizar de momento ese sueño.

Es frustrante ver cómo el tiempo, lo más valioso que tienes y que tendrás, mucho más que el dinero que hayas podido invertir, se va agotando y tú sigues estancado en el mismo sitio antes de empezar siquiera. Pero hay que seguir intentándolo, mentalizándonos día a día que queremos un futuro mejor e intentar que al menos la idea no huya despavorida de nuestras mentes, porque si nos quitan nuestros pensamientos y nuestras ideas, estamos acabados. Y en nuestros pensamientos podemos inventar lo que queramos, porque ya sabéis: "cogitationis poenam nemo patitur".

Tamara Mozas García

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