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 “Ground Control to Major Tom…”

Emilio Sánchez Martín

@emilszmartin

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  • ¡Me encanta, me encanta esta bendita canción de Bowie!
  • ¡Oh, Yuri! No hay viaje en que no me obligues a escucharla…

En una órbita de 40.000 kilómetros de altura alrededor de la Tierra, más allá del influjo de los Anillos de Van Allen, quizá la mayor parte de nosotros se habría asomado, con cierto vértigo, a los ventanales del carguero espacial en el que Yuri y David viajaban. Pero en los albores del siglo XXIII, para ellos no era sino rutina.

  • ¿Sabes lo que me gusta de esta canción? La magia, ¿sabes? La magia de la aventura, de cuando viajar al espacio era cosa de héroes, de astronautas. Una gesta a la que la gente prestaba atención. ¿Y ahora? Ahora viajamos mucho, muchísimo más lejos, ¿y qué somos? Mineros.

Desde la llegada de los multiprocesadores cuánticos, y el hardware flexible, el planeta se había convertido en devorador de grafeno, coltán, oro y silicio. Como si fueran la mezcla de oxígeno, agua y carbono, que componen la fórmula primigenia de la vida, la tecnología se creaba y respiraba a través de ellos. Pero las minas, allá por el 2067, quedaron yermas, agotadas, y no se dio con sustituto alguno. Quedaba fijar la mirada en nuestro vecindario cósmico, el Sistema Solar.

Se dieron algunos intentos, en misiones conjuntas de EEUU y Europa de un lado, y China por otro, seguidos de India, por esquilmar los yacimientos lunares, e incluso de Marte, produciéndose situaciones de extrema gravedad diplomática, allá donde la normativa internacional casi no alcanzaba.

Con enorme prudencia, se propuso adoptar un sistema radicalmente distinto, que pasaba por habilitar un sistema de explotación minero-espacial de carácter privado; a fin de cuentas, el enfoque público no dio unos frutos de excesiva rentabilidad. Así, fue creada la Comisión Internacional para la Minería Espacial, con representación de todos los Estados, o al menos de aquellos que disponían de tecnología suficiente para alcanzar el Espacio Exterior.

El objetivo de esta Comisión era sencillo en su planteamiento, pero muy complejo en el desarrollo. Se trataba de identificar objetivos susceptibles de albergar los ansiados minerales, que habían de ser meteoritos o asteroides, nunca planetas o satélites, en aras del Tratado de Preservación del Sistema Solar. A continuación, se fijaban períodos de perforación y explotación minera para cada uno de ellos, que eran asignados a aquellas empresas privadas que, a modo de concurso público, concurrieran. Así, la minería espacial quedó relegada de la aventura, a la burocracia administrativa más severa.

  • Yuri, quedan diez minutos para alcanzar la periapsis de nuestra órbita, y encender los retropropulsores para la maniobra de escape orbital. ¿Solicito al Capitán Kerbin su asistencia?
  • ¡No, no! ¡Nada de eso! Después de la última bajada salarial, pedirle cualquier cosa, cualquiera, incluso que haga su trabajo, es discutir con él… déjalo, tu ayuda será suficiente…

Otra de las tareas de la Comisión fue asentar las directrices para la firma de un Tratado Internacional en Minería-Espacial, que fue sin duda la materia más compleja; conseguir el compromiso de todos los Estados, a pesar de sus diferencias, para respetar unas leyes internacionales, e incorporarlas como tales a su ordenamiento jurídico, requirió constantes reuniones, cumbres, y debates. Tras casi cinco años, a principios del siglo XXII, se logró la firma definitiva, siendo China el último de los Estados adheridos. Su mayor reserva, que exigió una nueva reforma, era la materia laboral. No estaba dispuesta a aceptar los mínimos establecidos por EEUU y los Europa. Con el apoyo de la India y Rusia Oriental, se eliminó tal materia del Tratado. Así, según la nacionalidad de la empresa minero-espacial, se aplicaría el correspondiente normativa.

Ello dio lugar a los paraísos mineros. Estados como Azerbaiyán, de muy flexible y casi esclavista Derecho Laboral, incentivó con enormes exenciones fiscales a las empresas extranjeras que allí se asentaran. Todo eran beneficios, así que desde EEUU y Europa, Rusia Oriental e incluso India, emigraron multitud de empresas mineras. Desde China, sin embargo, la prohibición de emisión de capital al extranjero imposibilitó que ninguna empresa se desplazara hacia alguno de tales paraísos.

De esta forma, a golpe de legislación, se difuminó la figura gloriosa y casi elegante del astronauta; de repente, había trabajadores sometidos a un régimen caprichoso, de salarios bajos, trabajos duros, misiones exhaustivas y polvorientas, y una tasa de accidentes laborales asustadiza.

“Take your protein pills and put your helmet on

Ground Control to Major Tom (Ten, Nine, Eight, Seven, Six)”

Space Oddity seguía resonando en el interior del carguero, acallando el desesperante silencio del espacio exterior, y enmudeciendo el enervante ruido y vibración, constantes, de las canalizaciones internas de oxígeno.

 

  • David, lo bueno de aquellos años, del feliz siglo XX, es que todo se hacía como esta canción, a mano, trabajando duro… Era lo normal, ahora… ahora todo está tan automatizado, ¿te das cuenta? La gente componía canciones, aprendía a tocar un instrumento,…
  • La gente sigue componiendo canciones. Solo que no pierde el tiempo en aprender a tocar un instrumento. Es cansado, aburrido, e inútil. Merma la creatividad. Ahora cualquier app, como BakuZam te permite hacer lo mismo en segundos…
  • ¿Y cuál es la diferencia? Que al usar los samplers de esas apps, que pertenecen a sus desarrolladores, aceptas cederles el 50% de los derechos de autor. ¡El 50%! Ahora los temas están firmados a medias con Microsoft y Zuckenberg Enterprises. Por no hablar de los hits compuestos por robots…
  • No son robots, estimado Yuri… se trata de software capacitado para la composición de partituras musicales, basadas en los gustos del público receptor… Un robot es algo más complejo y delicado…
  • ¡Oh, mi pequeño bot! No quería herir tus sentimientos​.

La perfección tecnológica alcanzada con un modelo de robot como era David hacía que a veces, sólo a veces, a su interlocutor se le olvidara que la conversación la mantenía con alguien distinto a un ser humano. David representaba el cénit de la ciencia robótica. Para ser identificadas, tales unidades tenían todas el mismo esquema facial, idéntico al del actor David Duchovny, el mítico agente Mulder, algo que pareció ser divertido. Su software alcanzaba un grado de humanización único, evitando los posibles y temidos accesos de autoconciencia. Precisamente, la estructuración de una conciencia propia, de marcados rasgos evolutivos y dominantes, fue el eje central en el llamado caso Peterholff, correspondiente al Alto Tribunal Europeo de Justicia, asunto C-132/17/29 (nomenclatura ampliada desde marzo de 2123).

En tal conocido caso, se sentaron las bases para los supuestos de delitos cometidos por unidades robóticas: duras sanciones económicas al fabricante, y destrucción de las unidades afectadas, con un giro legislativo que aseguraba un mayor control del software y base de datos de cada robot.

“Commencing countdown, engines on (Five, Four, Three)
Check ignition and may God's love be with you (Two, One, Lift
(¡Bzzzz!)

Con un rápido gesto, Yuri apagó la música:

  • David, nuevo ajuste de ironía y réplica; 20%, prefiero que el resto del viaje sea tranquilo.
  • Nuevo ajuste, 20%. Confirmado.

Yuri nunca había vivido en el siglo XX. Pero añoraba la sensación de ser un astronauta, y no un minero espacial de contrato precario, acompañado de un robot impertinente.

I CONCURSO NUEVOS JURISTAS SOBRE “LOS RETOS DEL SECTOR LEGAL EN ESPAÑA”

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