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Emma “X” y el momento no eléctrico

Jorge Vila Lozano

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Emma era una millennial jovial y emprendedora. El año 2015 tocaba a su fin. Nació cuando, en todo el orbe, la telefonía móvil se imponía junto con los omnipresentes PC clónicos. El mundo consolidó una Red de “experiencias vitales conectadas”. Cada ciudadano era un perfil digital perfectamente monitorizado. Eran los tiempos del embrionario Big Data, de las redes neuronales y los sistemas expertos.

Fichó, con su título de grado y sin recomendación, por una firma familiar de abogados en expansión trasnacional. Logró el puesto mayormente por sus conocimientos de ofimática, y el dominio de las utilities de la web 2.0. Ella debía operar la migración del papel a un universo digitalizado. Forjaba, en un océano de horas extras, las correcciones provisionales de las más variopintas demandas, querellas y recursos. Pasaba, eventualmente, de ser una letrada al uso a una “community manager” de un blog.

El recargo de trabajo era como el de un desbordado sujeto con miles de likesen el Tinder. Faltaban 4 días para la Noche Buena de 2015. LexNet y la firma electrónica reconocida eran para sus jefes como invocar a un nigromante. Ellos aún vivían inmersos en arcaicos procesadores de textos. El archivo cosido y la tinta habían sido desterrados de los despachos. Las salas de juntas ya no olían al cuero y papel caduco de sus repertorios de jurisprudencia y legislación. Ella parecía una suerte de escriba, del siglo I, que pasaba los contenidos de texto a “.pdf” y otros formatos.

Recordaba, con humor, cómo el socio co-fundador, don Ernesto, se despidió de todos el día anterior. Destrozó el diferencial del cuadro eléctrico del bufete y provocó un apagón. Fue su alegato final mientras, discretamente, bajaba «tras entregar su tarjeta de identificación por iris» por las escaleras de salida. Ya en la calle, al abrazar su jubilación, el septuagenario ex jefe carcajeaba. Veía a esa organización, orgánicamente humana, actuar en modo físico. Nunca más nadie supo de él (ni de su avatar).

La plantilla al completo sintió, momentáneamente, el peso de la nada jurídica por fallo del backup y la imposibilidad de cualquier tipo de conexión. Ningún dispositivo podía acceder a los archivos compartidos y los smartphones «soportados exclusivamente en “voIP”» no abrían el estudio jurídico al exterior. Las computadoras eran, al unísono, una fosa aséptica.

Sin la fuerza motriz eléctrica el staff percibió el pánico de auxiliarse con los códigos físicos. Advirtió el enjambre hostil del trazo del bolígrafo. Una ola de terror hizo presa en socios, becarios, juniors y administrativos. Por unas horas, el adiós jocoso del cofundador embargó a ese sustrato personal de un humanismo colaborativo. Hubo una solidaridad por documentar todo sobre el papel. El resultado fue un insólito “blanco sobre negro”.

En el apagón “ernestiano” se tomaron apuntes; se esbozaron estrategias escritas y se consultaron los vetustos tomos de cuero (extintos desde el 2002). Era el momento de la acción humana como intelecto común frente a los conflictos jurídicos que asediaban, en tropel, al despacho. A la par, en esa atmósfera enrarecida, los técnicos reactivaron el servidor central. Volvió el post-humanismo: el teclado; la red; los ficheros informáticos y el subidón del ciberespacio cotidiano. Reapareció la “tribu conectada”. La electricidad reprimida suplió a la adrenalina del papiro clásico durante ese leve período de impronta humanoide. La supervisada e-civilización digital 24/7/365, con sus terahercios, barnizó cualquier poro analógico que quedase abierto en ese despacho.

Emma esbozó una sonrisa recordando como entró, en el 2015, para implantarLexNet y aquel tránsito hacia un despacho sumiso a la justicia sin papeles. Ahora, corriendo el año 2042, ocupaba el puesto de socia-directora dentro de la compañía de servicios jurídicos internacionalizada. Su perfil digital, almacenaba el historial de su flujo de intercambio de ficheros. Un técnico, como los de antaño, vino para el chequeo semanal de su chip cerebral. Una constelación de nano-robots dio el “ok” desde su propio córtex. No había tara o filtración alguna respecto de la protección de datos y confidencialidad de sus patrocinados.

La abogada, desde su diván ergonómico, se comunicaba, con un traductor simultáneo, con dos clientes en su propio idioma: en chino hunanés y en árabe najdí. Debatía, acaloradamente, con ellos, sobre la oportunidad de registrar una patente implementada por una inteligencia artificial.

-La legislación de los EE.UU. siempre fue más permisiva que la Oficina Europea. La invención se ha de inscribir allí, concluyó ante ellos. Ese fue su dictamen opuesto a las recomendaciones que un software, de Derecho Comparado, ofreció al cliente oriental. No hay que ocultar que existía en el mundo jurídico una pugna por ver qué tipo de servicios eran más eficientes: si los que tenían un equipo humano, o los netamente informatizados.

El robot-técnico dio las recomendaciones a nuestra protagonista, tras la revisión, de cómo optimizar mejor la conexión de la sinergia entre su cerebro físico y su homónimo sintético al servidor corporativo. Ya había olvidado cuando utilizaba uno u otro.

Su becario, Gerardo, le había puesto, sobre su “mesa”, un proyecto de ley relativo a la igualación en derechos entre la inteligencia artificial y los propios seres humanos. Hacía lustros que el test de Turing se superó y la inteligencia artificial era algo connatural en la vida diaria.

Emma volvió, tras desconectarse, a la viva realidad material de su casa. En el display de su viejo frigorífico aparecía un informe. En él se recomendaba que a su nieto, en gestación aún, se le corrigiesen ciertas disparidades genéticas que podrían «con un 57,5% de probabilidad» dar lugar a una enfermedad hereditaria grave. Una cicatriz emergía en una de sus mejillas y ocultaba algún implante cibernético. La nevera iluminó, al detectarla con sus sensores, el tipo de alimentos que debía consumir diferenciándolos lumínicamente de los de su marido.

El panel domótico solar estaba bajo mínimos y la luz de la isla de la cocina parpadeaba. Se descargó el kit de cómo hacer la recarga y le pareció demasiado complejo. Encargó su reparación a un ciberservicio pre-pagándolo con una cripto-moneda.

De repente una alerta le dejó, en el buzón del “frigo”, una petición de asistencia a un detenido por tráfico ilegal de órganos creados bio-tecnológicamente. Pensó, con su mente corporal, en que era momento de dar mayores responsabilidades a Gerardo. Y, en ese instante, la habilitación del pase carcelario irrumpió en el globo ocular del agraciado.

Emma evocaba aquel lejano lapso de 2015 y la ausencia del ciberespacio. Y en cómo el magnetismo de un grupo humano funcionó, sin tecnología, como en el s. XX., al amparo del extinto y mesiánico papel.

Supo que la anomia se salvó, en ese fogonazo, por una colaboración humana alternativa. Entendió que aquel momento no eléctrico tuvo un mensaje y una finalidad. Intuyó que no hay nada más único e irrepetible que el juris-perito humano. Ese piloto “de carne y hueso” que comanda la aeronave cuando el “automático” simplemente no existe. ¿Hay o no hay Derecho? Nadie lo sabía ya. Aunque su chip cerebral emitió, a sus espaldas, un informe negativo sobre esa abogada sénior quien, por primera vez, comenzaba a delegar tareas en terceros. Nunca es tarde para volver a ser humano…

I CONCURSO NUEVOS JURISTAS SOBRE "LOS RETOS DEL SECTOR LEGAL EN ESPAÑA"

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