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Acerca de mitos y leyendas

G. A. Lafuente

Licenciado en Derecho

Máster de Asesoría Jurídica de Empresa (IE Law School)

Abogado Junior especializado en Derecho Mercantil 

“La experiencia del mundo no consiste en el número de cosas que se han visto, sino en el número de cosas sobre las que se ha reflexionado con fruto”

Gottfried Leibniz

Compartiendo esta experiencia, no pretendo decir ni lo mejor, ni lo peor del ejercicio de la abogacía, sino simplemente contar una de las muchas historias o reflexiones que no suelen contarte cuando estás en la Universidad o en el Máster.

Probablemente, al final de esta lectura querrás convertirte en el mejor abogado y hacer todas esas cosas “chulas” que  piensas que un abogado hace todos los días. Lo peor es que hay gente que cree que se hacen desde el primer día…. ERROOOORRRRR!!!

Nada más lejos de la realidad, hay un largo y duro camino para convertirte en un gran abogado y muchas veces ese camino está tan lleno de piedras que lo importante es saber caminar sobre ellas.

Soy de la opinión de que las charlas para motivar a los estudiantes, no solo las tienen que dar los socios de los despachos, sino que deberían impartirlas jóvenes abogados que tienen un año o dos de experiencia ya que son ellos quienes pueden dar una visión más real de qué implica el día a día en un despacho. Muchas veces parece que los socios olvidan los sacrificios que han tenido que hacer para llegar hasta esa posición.

Pedirle opinión a un socio de un despacho antes de empezar a trabajar de abogado es como pedirle a Usain Bolt que venga a echar una carrera contra cualquiera y que se deje ganar. Con ello quiero decir que, o bien lo motivas para que sea el mejor, o bien le creas una falsa realidad de la profesión.

Revelando mitos

¿Has visto alguna vez un unicornio? Yo tampoco, al igual que no he visto que el primer día, ni la primera semana, ni el primer mes del primer año de ejercicio, hayan metido a un Abogado Junior en una “mega operación” como parte vital del equipo de trabajo, redactando todos los contratos y negociando los términos con la parte contraria.

Vamos a ser realistas, la primera vez que trabajas en un despacho, lo más probable es que estés tan verde que no sepas ni a qué te quieres dedicar, simplemente sabes lo que NO te gusta. Créeme, eso es algo bastante importante al empezar. Probablemente tus funciones durante el primer año como becario sean: (i) traducir algún documento; (ii) buscar jurisprudencia; (iii) hacerte íntimo amigo/a de los funcionarios del Registro Mercantil y de Hacienda; (iv) rellenar modelos de escritos; (v) meter cambios en documentos que te pidan tus jefes; y (v) con suerte, ir a alguna reunión con una libreta y más callado que en misa.

Pero eso es parte vital para formarte como abogado porque tener el título de Derecho es igual que tener el teórico del coche, es decir, habrás aprobado el examen y te sabrás las normas pero eso no te hace ser el Fernando Alonso del Derecho, sino que ahora realmente empiezas a trabajar y a ver en qué consiste el ejercicio de la abogacía.

Precisamente, el realizar todas esas tareas monótonas al principio, te va dotando de cierta experiencia en todos los sentidos, vas sabiendo cómo le gusta a tu jefe redactar, cómo buscar doctrina (lo cual hace que aprendas más y mejor sobre un tema en concreto) cómo se debe hablar con un cliente, o no, etc. y, sobre todo, vas ganándote un hueco y la confianza de tus superiores. Hasta que un día, de repente, deciden encargarte algo que conlleva mayor responsabilidad y es, en ese momento, cuando te das cuenta de por qué era necesario saber redactar, buscar doctrina, llevarte bien con los funcionarios, rellenar formularios y todas esas gestiones que antes considerabas poco “chulas”.

La carrera como abogado es una carrera de fondo, no un sprint. Muchas veces un jefe no busca en ti que conozcas la ley de memoria, o que seas un crack buscando doctrina y jurisprudencia, sino que seas un “espabilao”, que sepas sacarte las castañas del fuego tú solo y, sobre todo, generes un valor añadido al trabajo que realizas.

Un jefe, lo que realmente quiere cuando encarga un trabajo, aunque no te lo diga, no es solo que identifiques problemas o inconvenientes. Probablemente él, en la quinta parte de tiempo que tú empleas, sea capaz de darse cuenta. Sin embargo, lo que realmente quiere es que tú seas quien se dé cuenta de ese problema y que des soluciones alternativas para evitar que vuelva a ocurrir.

En mi opinión, ese es el punto de inflexión en la carrera como abogado y es la diferencia entre -a modo de burdo ejemplo- un abogado catedrático y un abogado creativo. Puede ser que en algunos casos una persona sea las dos cosas a la vez, pero quiero matizar la diferencia entre ese abogado más purista y estricto y aquel con más picardía y tendencia a lo arriesgado.

El primero conoce la ley, la doctrina y la jurisprudencia. Además, seguramente sepa redactar como un verdadero erudito. El segundo es el que sabe meterse en la ley y encontrar lo mismo que lo que el anterior conocía de memoria, con la diferencia de que el abogado creativo, en mi humilde opinión, es aquel que es capaz de ir más allá de lo que dicen los libros, es el que comprende la necesidad del cliente, el que comprende la necesidad de generar esa necesidad (valga la redundancia) es, al mismo tiempo, un abogado más comercial, algo esencial en un despacho.

Tanto el uno como el otro, son indispensables en la estructura de un buen despacho, es realmente necesario que ambas figuras coexistan y se complementen, ya que un abogado NUNCA deja de estudiar y de aprender. En la mayoría de los casos aprende de los errores y de la experiencia de los demás.

¿Qué despacho elegir?

Probablemente esta es la madre de todas las preguntas: ¿cuál es el mejor despacho? Todos, y digo todos, hemos mirado la famosa lista de “Expansión” cuando hemos empezado a aplicar a los despachos, “Legal 500”, “Chambers and Partners”, etc. pero realmente la pregunta es: ¿cuál es el mejor despacho para mí?

Cada despacho es un mundo: internacionales, nacionales, locales, etc. y cada uno tiene un proceso de selección distinto, buscando un perfil muy concreto, pero en algunos casos, cuando estás buscando en qué despacho aplicar, tienes que valorar lo que implica entrar en él.

Hay un refrán que siempre me han dicho: “Más vale cabeza de ratón, que cola de león” y no es para nada desacertado, la reflexión OBLIGADA que tienes que hacerte a la hora de elegir un despacho u otro, es la siguiente: (i) ¿quién va a ser tu jefe?; (ii) ¿cuál va a ser tu equipo?; (iii) ¿qué experiencia voy a sacar de trabajar ahí?; y un largo etcétera.

Realmente es vital que te plantees todas estas preguntas, ya que un jefe puede ser la mayor de tus bendiciones o la peor de tus desgracias. Es necesario recurrir a la opinión de gente que haya trabajado en ese despacho para que te cuenten si es un buen jefe, si hay buen ambiente en el departamento, si la gente es solidaria, etc., dado que hay que tener en cuenta que vas a pasar muchas horas “metido” en una sala trabajando codo con codo y si tienes la mala suerte de toparte con un jefe que se cree superior a toda la raza humana o un equipo que se pone la zancadilla para poder promocionar, mal empezamos.

Hoy en día, y desde hace varios años, han proliferado las denominadas boutiques. Aunque no son muy conocidas a nivel comercial, lo más probable es que sus socios sí lo sean, ya que en muchos de estos casos provienen de los mejores despachos o empresas y han decidido trabajar por su cuenta. Este tipo de firmas suele estar muy especializada en una materia en concreto y su trabajo suele ser de enorme calidad, por su pasado en otros despachos. Suele tratarse de sitios en los que, cuando empiezas, aprendes a marchas forzadas, además de tener la gran oportunidad de trabajar directamente con socios y jefes que, al creer en su marca profesional, tienen un enorme interés en formarte y en dedicarte tiempo.

Los cinco primeros años para todo abogado que quiera hacer carrera, son, en mi opinión, vitales y fundamentales, para lo bueno y para lo malo. Será en esos años en los que llegues a especializarte en una rama del Derecho o en otra, donde aprendas a amar la profesión o no te quieras acercar a un abogado a kilómetros. Por lo que en esta etapa, aunque suene a cliché, lo ideal es buscar la experiencia y formación en un despacho donde sepas que vas a aprender de verdad y no buscar “el sueldo de tu vida”.

G. A. Lafuente
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